lunes, 9 de julio de 2012

Infinite.

-¿Crees que lo nuestro acabará bien? - Dijo con un susurro, como el aleteo de un insecto.
Él la miró, como solía hacer cuando se comportaba de esa forma. Sus ojos azules penetraron en el interior del caramelo de los de ella, derritiéndolos y haciendo que una lágrima cayera por su sonrosada mejilla. Extendió su mano hacia ella, borrando todo rastro de agua que quedara en su blanquecina tez. Levantó la comisura de sus labios, dibujando una suave y triste sonrisa en su cara y cerrando los ojos al contacto de la mano de él. Una ráfaga de viento se levantó entre ellos, como si el destino los quisiera separar, como si estar juntos fuera un error. Entonces ambos se volvieron a mirar y lentamente se acercaron. Apenas un milímetro los separaba, sus párpados casi caídos del todo, y él murmuró:
-No, porque nunca va a acabar. -Y la besó.
Al contacto de sus labios un fuego abrasador y reconfortante los recorrió a ambos, dejando atrás toda preocupación. Hizo desaparecer el mundo y solo dejó a su alrededor el ruido del movimiento de las copas de los árboles, que no consiguieron silenciar los acompasados latidos de sus corazones.

miércoles, 27 de junio de 2012

ORIGEN

[3]
Corro hacia él con una sonrisa dibujada en mi cara. Y ahí está, esperándome con los brazos abiertos para encerrarme en ellos y no dejarme salir nunca. Puedo sentir su calor, recorriendo mi cuerpo como si del agua de una cascada se tratara. Apoyo mi cabeza en su pecho y aguanto la respiración para escuchar los latidos de su palpitante corazón. Y entonces se apodera de mis oídos el silencio. Lo único que capto es el sonido de gotas al caer al suelo que pisan mis pies. Con un mal presentimiento y una sensación de malestar, bajo la mirada y encuentro un charco de color rojo rodeándonos. Un terror inconfesable inunda mis venas y me paraliza. Sin quererlo y por obligación alzó la cabeza, para observar como sostengo un cuchillo en la mano y está clavado en su estómago. Con una mano temblorosa lo saco y veo que estoy recubierta de sangre, su sangre, y que yo lo he matado. Busco en la oscuridad que ahora nos rodea sus preciosos ojos color miel y solo encuentro vacío; pero un susurro inunda la habitación y, tras segundos de un dolor indescriptible en mi interior, lo entiendo.
          Tú me has matado. Es tu culpa. Sufre. Paga las consecuencias. Asesina...
Volver a escuchar su melodiosa voz me paraliza. Las lágrimas descienden por mis mejillas sin pausa, a un ritmo acelerado y enrojecen mis ojos. Pasa tiempo, mucho tiempo. Sigo ahí parada, sin poder moverme y con el corazón ardiendo, cuando fuego del color de la sangre me inunda. Entonces grito, con todas mis fuerzas. Expreso mi dolor en un solo sonido agudo y penetrante que me hace abrir los ojos y encontrarme en una habitación, su habitación. Observo los libros, apilados en las estanterías sin orden aparente, y me embriaga el olor a madera y a papel. A través de la ventana se puede ver los tejados nevados como la primera vez que estuve allí. Una tímida sonrisa aparece en mis labios al recordarlo y me sobresalto al escuchar la puerta, con su característico chirriar. Me encuentro con sus ojos, pero no es él.

miércoles, 20 de junio de 2012

ORIGEN

[2]
El frío me congela las piernas y me produce dolor, pero estoy decidida y nada me va a hacer cesar en  mi empeño. Avanzo cada vez con más dificultad, la parte de abajo de mi cuerpo empieza a adormecerse y las fuerzas para continuar van desapareciendo. El tiempo parecer pasar con más lentitud que nunca y mi vista se nubla, enturbiando el camino. Ya no siento los dedos y el cansancio acude a mí como si hubiera recibido una llamada que nadie ha realizado. Se me cierran los ojos, sería tan fácil dejarse llevar y soñar... Pero hay algo que me dice que hacerlo solo me llevaría al mismo destino en el que él acabó. Entonces alzo la vista y me fijo en el lugar por el que voy dando los pasos. Ahí está, como cuando ambos, juntos, lo recorrimos por primera vez. El mismo color blanco nieve que lo recubre, la sombra de los mismos árboles que se mecen suavemente con la brisa, el mismo aroma a frío y a invierno que lo invade todo, pero ya no está ese sentimiento de calidez que me proporcionaba. Ahora continúo por mi, por recuperar la voz que quedó enterrado al igual que su cuerpo. Sin previo aviso, mis piernas tiemblan y no pueden aguantar mi peso. Caigo a la nieve como si de papel sujetando una piedra me tratara y, por mucho que lo intento, no consigo levantarme. "Si quieres, puedes" me digo a mí misma una y otra vez, pero apenas siento mi cuerpo. La cabeza me da vueltas y veo su sonrisa, intento llamarlo pero no se escucha más que el ruido de las hojas al ser golpeadas por el viento. No me quedan fuerzas para mantener los ojos abiertos, y decido dejar caer mis párpados. El mundo de mi alrededor se vuelve negro, oscuro, apagado, triste. Pienso que todo está perdido, que no voy a seguir adelante, que mi esfuerzo no ha valido la pena. Derramo una lágrima, de las que tenía prohibidas dejar caer, y un calor abrasador inunda mi pecho. Tonta, estúpida, inútil, ¿por qué lo has hecho? Y mientras todos estos pensamientos bombardean mi mente, noto la temperatura corporal de alguien a mi lado, alguien que me rodea con sus brazos y me levanta del suelo en el que me encuentro. Un pequeño terror se apodera de mi, intento revolverme y escapar, pero por un momento olvido que no puedo moverme y solo el hecho de intentarlo me produce dolor. Decido dejar de pelear por unos instantes y relajarme. Segundos antes no tenía la certeza de que, al despertar, iba a poder ver el mundo en el que llevo más de 18 años, así que, ahora que puede que esté a salvo, me dejo llevar. Cuando despierte lucharé, pero hay veces que tenemos que saber cuando aparcar la batalla y dedicarnos a descansar.

domingo, 10 de junio de 2012

ORIGEN

[ 1 ]
Salgo del agua. Estoy mojada, muy mojada y una humedad penetrante me rodea y se cala hasta mis huesos. Siento como las gotas se deslizan por mi piel y caen al suelo, produciendo un sonido regular y continuo. Mi pelo se apoya en el hombro, dejándose caer lacio y pesado hacia abajo. Empiezo a avanzar por la dura madera del suelo que recubre el muelle, el puente en el que me encuentro subida y camino por él. Pero de pronto me invade una necesidad acuciante de parar, dejar atrás el camino que acabo de emprender y volverme a sumergir para sentir de nuevo esa sensación de estar flotando, de haber cambiado de mundo, de ser otra persona. Y por una milésima de segundo, tomo la decisión de hacerlo y no volver para tomar aire de nuevo, nunca. Aunque hay algo que me lo impide, un pequeño ángel de la guarda o uno de los malos, según se mire, que hace que mis pensamientos tomen otra dirección y mis ojos desvíen su atención a mis pies, con arrepentimiento. Y ahí veo, marcadas con un contorno perfecto, mis huellas; la forma de mis pies dibujadas con agua, oscureciendo el marrón que está bajo mi cuerpo. Destacan las uñas, pintadas con un rojo intenso y brillante que me recuerda al color de la sangre, como la que caía de sus heridas y lo dejaban malherido y demacrado por el dolor.. Entonces un fuego lleno de rabia, distinto al que estaba acostumbrada, penetra en mis venas y me quema por dentro, activando la parte de mi cerebro que odia sufrir y no quiere volver a tener sensaciones como aquella. Decido en ese momento que quiero recordar, volver a ver las imágenes de mi historia dentro de mi cabeza una y otra y otra y todas las veces que haga falta hasta que me acostumbre a ellas, o incluso las aborrezca, dejándolas apartadas para siempre. Voy a volver a vivir el origen de mi vida actual, y lo superaré, cueste lo que cueste. Suspiro y reemprendo la marcha, en dirección a todo lo que guarde alguna relación conmigo. Empieza la aventura.

jueves, 17 de mayo de 2012

Summer of 69'

¿Alguna vez, durante todo el invierno, la primavera y el otoño, te has parado a  pensar en nuestro amor de verano? Sí, ese que empezó como un juego de niños y acabó siendo un mar de lágrimas, como en el que nos bañábamos desnudos solo en compañía de la luna. La única que vio como nos fundíamos en besos hasta el amanecer, en los que disfrutábamos el uno del otro abrazados en la arena. La misma que nos sirvió de cama cuando nuestros balcones habían sido cerrados por dentro y solo nos quedaban dos toallas con las que taparnos. Las cuales nos cubrían del viento frío que azotaba la húmeda noche de aquella playa en mitad de ninguna parte, produciendo un sonido suave y relajante que se juntaba con tu respiración y los latidos de tu corazón. El mismo que durante esos tres meses de buen tiempo y calor abrasador eran mi tesoro más preciado; algo imposible de regalar o dejar de querer, más valioso que el oro y mucho más brillante que un diamante. Y nada como tu sonrisa, esa que me hacía a mi feliz y que nos adentraba en un bucle de increíbles sentimientos alegres y reconfortantes, añadidos a la seguridad que me daban tus brazos. Por todo eso y más, mucho más, yo he pensado cada día en ti. En esos pequeños segundos que nuestras miradas se encontraban y conseguías hacer que levantara la comisura de los labios sin razón aparente. Recordando cada momento en el que no importaba más que tú y el roce de tus labios, con ese suave tacto que me hacía desearlos cada vez con más intensidad. Sintiendo una vez más tus caricias y tus abrazos, y pudiendo oler de nuevo tu colonia, la cual venía a mi según el antojo de la brisa, la misma que revolvía mi pelo y lo enredaba, haciendo que pasaras tus dedos con suavidad para separarlo de nuevo. He revivido todas las sensaciones de ese verano siempre que veía aparecer un rayo de luz, caer una gota de lluvia o contar una estrella, y eso me ha matado por dentro, rasgándome cada día una parte del corazón que se iba volando esperando encontrarte de nuevo y traerte de vuelta hacia mi. Y la duda me sigue haciendo sufrir. Imaginarme que para ti todo eso no fue importante es como tener un puñal clavado en lo más profundo de mi pecho, como no poder respirar por tener tierra en los pulmones, como no poder andar por no ser lo suficientemente fuerte, como quemarme en cada roce con la realidad. Entonces dime, ¿recuerdas todo eso? Porque yo llevo nueve meses esperando poder revivirlo, a tu lado.


lunes, 14 de mayo de 2012

Cambios.

Piensas que todo está normal, y con normal me refiero a todo lo común que pueden ir las cosas en un mundo de locos como es este en el que vivimos, y que la vida avanza a paso firme con la misma rutina que lleva siguiendo tanto tiempo. Pero, sin que te des cuenta, poco a poco, paso a paso, se ha ido rompiendo por dentro; al principio eran pequeñas grietas, avisos de lo que podría ocurrir se no se arregla el problema a tiempo, después son pequeños pedacitos que se desprenden, dejando un hueco casi insoldable en lo que te rodea, y al final, como broche de oro a la obra de teatro que se representa, todo explota. El fuego del interior de eso que avanza a paso lento explota, incapaz de permanecer retenido por mucho tiempo. Y el mundo se fragmenta, se convierte en pedazos de personas y recuerdos que están vinculados a ellas. Y es cuando te das cuenta de lo que ha pasado, cuando ves a muchas de las personas que te importan llorando y derramando lágrimas que sabes que son en parte por tu culpa, cuando tú abres los ojos. Y el agua se agolpa rodeando tus pupilas para salir, pero aguantas, porque sabes que no tiene sentido. Dicen que has cambiado, que estás alejada, que los ignoras y por tu mente solo corre una pregunta: si todos piensan que no estoy con ellos, ¿con quién estoy entonces? Y no encuentras respuesta, porque te das cuenta de que en realidad estás perdida. Perdida en un lugar en el que ni lo más sencillo es fácil y en el que lo más complejo es imposible de resolver. Perdida en la soledad de saber que tienes a mucha gente que no quiere que la  tengas porque piensan que no te tienen a ti.

domingo, 6 de mayo de 2012

Fantasía e incoherencia.

Estás llegando, tus pasos te dirigen poco a poco y con una lentitud similar al aleteo de un colibrí al lugar en el que tu corazón desea estar. Escuchas como las gotas de lluvia golpean en tu paraguas, produciendo un sonido único, y aumentando el ritmo conforme las nubes descargan sobre la ciudad. El agua que inunda el suelo moja tus pies sin piedad, sin importarle el frío que cala en tus pies, penetrando por los poros de tu piel y llegando a tus huesos. Te acercas y levantas la mano para tocar la verja antes del cristal que forma la puerta.; esa verja de color negro con textura rugosa y que tantas veces has sentido bajo tus dedos. Sacas la llave, de color dorado, y la encajas en la cerradura, haciéndola girar hacia la derecha con rapidez y mientras tiemblan tus manos. Empujas el pomo con mucho esfuerzo, utilizando tus últimas reservas de energía en ese movimiento. Entras, y dejas tras de ti un mundo en el que no queda ni un espacio seco al aire libre. Y entonces te derrumbas. Las piernas te fallan, no pueden soportar el peso de tu cuerpo y el de las lágrimas que recorren tu cara sin parar y te caes. Te arrastras hasta que las frías y duras losetas te paran, dejando que los sollozos desgarren tu garganta produciendo un eco ensordecedor en el portal en el que te encuentras. Sientes la necesidad de chillar, gritas para decirlo todo y que alguien te escuche por fin, pero en lugar de eso, te encoges sobre ti misma y entierras la cabeza entre tus rodillas. A través de tu mente pasa un torrente de pensamientos que llega al corazón por medio de las venas convertido en sentimientos. Y allí se convierten en dolor. El tiempo corre. Pueden llegar a pasar horas hasta que, sin llegar a decidirlo del todo y más bien por instinto, te levantas y te diriges a casa. Vas, pero sin ir; piensas, sin pensar y entras sin saber. En cuanto llegas a tu habitación, ese lugar en el que tantos momentos has pasado, te tumbas en la cama y ahí te quedas, con las marcas de haber estado llorando todavía en tus mejillas y los ojos rojos. No quieres que te vea nadie, quieres ocultarte en tu propio universo y dejar que toda la realidad desaparezca tras una nube de falsa e inventada felicidad. Te sumerges en tu propio paraíso y desconectas de todo lo que se esconde tras tu ventana, por la cual solo entra la luz de las farolas de la calle y el sonido del repiqueteo de la lluvia. Y allí, en un silencio ensordecedor y una oscuridad muy clara, tus labios se curvan en una pequeña sonrisa en la que todo lo malo desaparece y lo bueno se transporta más allá de los sueños y la fantasía.